Pues henos aquí, con maletas como para un regimiento. Eso de cruzar el océano para llegar al viejo continente no ha de tomarse a la ligera. Hubimos quienes trajimos maletas llenas de ropa de invierno (porque como la mayoría de nosotros venimos de países cálidos no podemos imaginarnos pasando un invierno bajo cero, y mucho menos desvestidos), otra con toda la colección de cucherías folclóricas de nuestra patria y otra llena de latas, dulces, música y hasta la bandera, por eso del mal du pays. ¿Y ahora qué sigue? En el peor de los casos buscar un hostal barato en el que nos podamos acomodar con todo y chivas y lanzarnos en la búsqueda de un depa, un cuarto, un ático, ¡un hueco! Lo que sea es bueno después de haber buscado una, dos, tres semanas. Porque si buscaban una ciudad en donde fuese difícil encontrar alojamiento bueno, bonito y barato, ¡bienvenidos! Paris es LA CIUDAD. Hubo quienes precavidos conseguimos alojamiento desde nuestros respectivos países (México en mi caso), lo cual nos dio un colchón de tiempo para buscar todos los jueves tempranito, en cuanto se vendían los primeros ejemplares de Particulier a Particulier, además de poder alojar al montón de cuates que llegaban a Paris unos días antes de partir a sus respectivos destinos (que en el caso de México eran muchos, porque de 150 asistentes, sólo 5 estamos asignados a Paris). Buenos chascos nos llevamos cuando al ir a ver los lugares elegidos ya había una cola de 20 personas, 15 de ellas francesas, que desde luego tenían prioridad. Ahora que, en el rarísimo caso de encontrar algo disponible, la renta era impagable (es decir, se necesitaría ganar dos veces lo que ganamos para poder medio vivir después de la renta) o te pedían mil y un papeles, que desde luego la mayoría de nosotros no teníamos. Detallo, en primer lugar hay que tener un RIB (que es el código que el banco te asigna con el fin de que se puedan hacer depósitos o deducciones en tu cuenta), peeeeeero, para que el banco acceda a abrirte una cuenta y darte un RIB, primero hay que tener un domicilio fijo, vaya predicamento. Además hay que tener un Titre de Séjour , papelito que tramita la Academia pero que toma su buen tiempo y desde luego un aval, francés desde luego, que garantiza que si te pelas sin pagar la renta alguien va a responder. La Academia de Paris, precavida, previó que los asistentes no tendríamos lugar para alojarnos, así que puso a nuestra disposición ciertos espacios en residencias universitarias, para lo que había que hacer una aplicación a partir de la recepción del contrato. Ahora bien, la fecha límite para la aplicación era a mediados de junio, si mal no recuerdo, y por alguna extraña y malévola razón los contratos llegaron a México hasta agosto, desde luego, demasiado tarde para hacer cualquier trámite, por lo que esa opción nació muerta. Aquí me vine a enterar de que no éramos los únicos en esa situación, ya que los contratos por lo general se tardaron en llegar a todos lados; con el tiempo se darán cuenta de que la burocracia francesa eficaz, eficaz, no es.

En fin, los mexicanos tuvimos la buena fortuna (que creo no es el caso de los asistentes de otros países) de habernos conocido en nuestro país durante una semana en la que tomamos unos cursos de preparación en la Ciudad de México. Y al puro estilo latinoamericano, en cuanto estuvimos llegando nos apelmazamos cual muégano. No tienen idea de cuál provechoso y beneficioso es eso. Tan sólo saber que uno no está solo en este barco ya es gran consuelo. También la posibilidad de echarnos la mano los unos a los otros y, lo mejor de todo, ¡poder viajar dentro de Francia sin tener que pagar hospedaje! Así llegó el 30 de septiembre y con él la primera reunión pedagógica, informativa y de bienvenida organizada por la Academia de Paris. Allí la gran mayoría mostró su frustración por no poder encontrar un lugar que rentar, no poder abrir una cuenta en el banco (trámite peculiar que amerita un artículo aparte), no tener aún el contrato y demás gracias. A pesar de los pesares en esa reunión pudimos tener contacto por primera vez con otros asistentes, con algunos de los cuales compartiríamos trabajo y con otros tantos aventuras y amistad. A esa reunión fueron representantes de distintas entidades de gobierno con las que eventualmente tendríamos contacto, entre ellas una persona del CROUS. Ahora bien, ¿qué es el CROUS? Bueno, pues es un organismo que se encarga de echarle la mano a los estudiantes con becas, alimentación y hospedaje. Sí, ¡hospedaje! Maravilloso. El único inconveniente es que nosotros no somos estudiantes y ya algunos asistentes se habían acercado al CROUS sólo para encontrarse con que no había espacios, ni para nosotros ni para nadie. ¿Entonces qué hacían allí? Pues resulta que la Academia de Paris había hecho contacto con ellos para reservar espacios para nosotros (sí, esos espacios a los que no pudimos aplicar…) y de alguna extraña manera uno de los asistentes mexicanos (quien ahora es mi roomie) se acercó al final de la charla a la representante (Mme. Blanchet) quien le dijo que milagrosamente había 6 espacios libres para los asistentes en una de las residencias y que si queríamos podíamos ir a su oficina a las dos y media de la tarde. Eran aproximadamente las doce y media y desde luego, los mexicanos ni tardos ni perezosos corrimos cual alma que lleva el diablo a su oficina del CROUS en Port Royal, con tal suerte de que llegamos 5 minutos antes que unos pobres italianos a los que les ganamos el lugar. Pues allí, como maná caída del cielo, nos cayeron 3 apartamentos (dobles desde luego) los cuales aceptamos aún sin siquiera ver ni tener idea de dónde estaban (ya que entre otras maravillas se podían rentar sin necesidad de RIB y con un depósito de sólo 150 Euros, además de que la renta subsidiada era de 250 Euros al mes por persona). De los cinco mexicanos que estamos somos tres chavos (que por cierto somos los únicos hombres en toda la sección de español que se compone de aproximadamente 25 guapas damiselas) y dos chavas y pues nos acomodamos las dos chavas juntas, yo con el responsable de nuestra felicidad y el otro chico con una asistente inglesa que se alcanzó a pegar. ¡Ya teníamos departamento! Y lo mejor de todo es que lo podíamos tomar al día siguiente, es decir primero de octubre.

Total que locos de alegría decidimos ir a buscar la residencia que se encuentra en el número 60 de la Rue d’Aubervilliers, muy cerca de la estación Stalingrad del metro. Era viernes por la tarde, una de esas tardes lluviosas y grises que aunque usted no lo crea, son raras en Paris en verano. Pues llegamos a la estación y salimos por la primer salida que nos encontramos (porque usualmente el metro en Paris tiene chorromil salidas y hay que saber bien por cuál salir) y ¡oh sorpresa! Llegamos a un barrio de esos que los franceses llaman coloquialmente CHAUD. Justo al lado de la salida había un edificio tirado, el suelo tapizado de cacas, basura y colillas de cigarro y montón de gente yendo para todos lados y hablando mil lenguas entre las que se distinguían árabe, hindú y un montón de lenguas africanas. Fue tal nuestra sorpresa que al preguntarnos hacia dónde habíamos de dirigirnos instintivamente lo hicimos hacia la zona que vimos menos fea (entre una esquina con un edificio cerrado y a punto de ser demolido como el otro que estaba a su lado y otra esquina en donde había unos muchachos vendiendo maíz y productos africanos con un fuerte aroma). Y llovía, llovía. Error, el camino correcto era el otro. Y pues estoicos nos dirigimos por la nada bien ponderada Rue d’Aubervilliers (que sabrán es famosa porque aquí uno puede encontrar cualquier tipo de estupefaciente a cualquier hora del día) y pasadas tres cuadras en las que nos sentíamos en cualquier lugar menos en el glamoroso Paris, llegamos a lo que se convertiría en nuestro futuro hogar. He de decir que se veía como un lunar naranja y nuevo en medio de edificios viejos y malheridos. Intentamos franquear la primer puerta de seguridad (porque hay dos) y desde luego no pudimos (lo cual nos reconfortó porque por lo menos pensamos adentro estaríamos seguros), hasta que salió un muchacho junto con sus padres, quien resultó ser Uruguayo (y mi actual vecino de arriba, parte de la gran familia parisina que hemos ido construyendo aquí). Al pobre lo asaltamos con todo tipo de preguntas que ustedes podrán imaginar. Él, sonriente, nos dijo que el león no es como lo pintan y que teníamos la fortuna de haber sido asignados a la más nueva y mejor residencia de Paris. Y dicho y hecho. Nos asignaron unos departamentos que ya querría cualquier parisino en nuestro lugar, nuevos y súper cómodos. Con mobiliario, pero sin equipar. Allí entraron nuestros contactos quienes nos proveyeron de platos, vasos, sillones, ollas, sartenes, y todo aquél implemento hogareño que es necesario. En fin, ya casi acaba nuestro contrato y ¡no nos queremos ir! Hemos hecho una gran familia aquí. El apoyo de nuestros compañeros asistentes se convirtió en hermandad y poco a poco fuimos alargando nuestros lazos a otros jóvenes que hemos conocido aquí y a otros asistentes de otros países. Una vez solucionado el problema del alojamiento todo lo demás es vanidad. ¡Bienvenido! ¡Ya eres uno más de esta gran masa informe que es la sociedad parisina!

Lo importante es que de esta historia podemos obtener las siguientes moralejas:

1. Hagan maletas con poco equipaje. Es decir, no traigan ropa que nunca se ponen pensando en que aquí sí se la pondrán. La ropa de invierno aquí no es cara. Pueden encontrar muy buenas cosas a muy buenos precios. En lugar de comprar en su país (a menos de que sea muy barato y valga la pena traerla cargando) mejor esperen a llegar a Francia, ya que en octubre el clima no es malo. Viajen ligero, porque ahorita yo no sé qué voy a hacer con tantas cosas que he comprado.

2. No vengan a París sin antes tener a dónde llegar. Eso de andar pagando hotel es un gran gasto. Yo conocí a un chavo que pagó hotel como 20 días. Ustedes hagan sus cuentas.

3. Apóyense los unos a los otros. Como dice el refrán: la unión hace la fuerza. Muchos veníamos con la idea de no estar con latinos para así hablar más francés. Nadie los va a apoyar tanto como las personas que están en las mismas que ustedes. ¡No se aíslen!

4. Aunque se les haya pasado la fecha de reserva para hospedaje en la Academia, siempre hay otras opciones. Eso sí, becerro que no chilla, no mama. Busquen y hagan la llorona. ¡En Francia una sonrisa y una actitud amable hacen la diferencia!

5. El león no es como lo pintan. A pesar de que nuestra residencia no está en la mejor zona de Paris, tiene muchas ventajas. Empezando porque por aquí todo es más barato. Hay que checar muchos más factores a parte del barrio. El metro y los autobuses son muy importantes. También las tiendas que hay alrededor. Si hay un Ed o un Franprix mucho mejor.

6. Tramiten su ayuda para el alojamiento en la CAF. Aunque la CAF opera con unos criterios que nadie entiende (por ejemplo, los asistentes que vivimos aquí tenemos apoyos que varían hasta en 50 Euros). Tarda, como todo en Francia, ¡pero es retroactiva!

Ojalá que nuestra experiencia les sirva de algo. Desde luego que cada quien tiene una historia distinta. Recuerden que esta experiencia es única, ¡disfrútenla!

Óscar Holguin